El cambio climático ha sido denominado el “mayor desafío” de la humanidad y la “amenaza ambiental” más grave del mundo. Pero, la principal causa de este fenómeno podría no ser lo que piensas. ¿Es acaso conducir un todoterreno? No. ¿Fábricas? No. ¿Aviones? No. Esto es lo primero que se te puede venir a la mente, pero la principal causa del cambio climático podría en realidad encontrarse en tu plato. Un reciente informe de las Naciones Unidas concluye que la transición hacia una alimentación vegana es necesaria para reprimir los peores efectos del cambio climático.
La producción de carne está contaminando y agotando nuestras reservas de agua potable, tierra fértil y aire puro. Más de la mitad del agua se destina a la agricultura animal y puesto que los animales de granja producen 130 veces más excremento que la población humana, sus desechos contaminan nuestras vías fluviales. Los excrementos animales emiten gases que envenenan el aire en las granjas – gases como el sulfuro de hidrógeno y el amoníaco – así como el metano y el óxido nitroso, principales causantes del cambio climático.
Incluir en tu plato carne, lácteos y huevos puede ser una receta para enfermedades cardiovasculares, cáncer y diabetes, tres de las principales causas de muerte en la comunidad latina de los Estados Unidos. Destacados expertos concuerdan en que hacerse vegano es lo mejor y más sencillo en beneficio de uno mismo y de sus seres queridos para evitar estos problemas de salud.
Cada año, más de 27 000 millones de animales son matados para alimento. Los animales en granjas industriales son tratados como máquinas para producir carne, leche y huevos. A los pollos se les remueve los picos con una cuchilla caliente mientras que los machos de cerdos y ganado bovino son castrados sin ningún tipo de anestesia. Los cerdos, pavos y pollos de estas granjas viven sus cortas vidas en oscuros y abarrotados galpones sin ventanas. Es frecuente que muchos de ellos se encuentren tan apretados que no puedan voltearse ni extender una sola de sus alas. Atascados en sus propios excrementos, y con el hedor del amoníaco inundando.
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